Como fue rescatado el cadáver de Maceo

Aclaraciones de esta redacción. El presente artículo apareció en la revista, número y año abajo indicados. Su reproducción se hizo de copia fotografiada con gentil permiso de la Universidad Internacional de Miami, lo cual agradecemos sinceramente. No obstante, al no poderse escanear el texto, algunas palabras quedaron omitidas, por lo que aparecerán signos de interrogación. En realidad el texto es legible y se puede entender claramente el mensaje de su autor.

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Por Juan de Dios Romero Cortés

Artículo aparecido en Carteles No. 49, del 9 diciembre de 1951.

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Al cumplirse el quincuagésimo aniversario del memorable combate de San Pedro, en el que perdió la vida el héroe epónimo Antonio Maceo, damos cabida en nuestras páginas a este interesante trabajo póstumo del comandante del Ejército Libertador, Juan de Dios Romero Cortés, escrito expresamente para Carteles con el objeto de que fuera publicado en la fecha que ahora rememoramos, lamentando mucho que, por haber fallecido su autor el día 2 de septiembre último, no pueda solazarse ahora con la lectura de lo que él consideró un fiel relato de aquel luctuoso suceso, esclarecedor de algunos errores históricos divulgados, y que, con un raro presentimiento de su cercano fin, nos entregó anticipadamente en el mes de agosto pasado, deseoso de dejar constancia escrita de muchos detalles que él podía atestiguar, como participante directo que fue en la trágica jornada del 7 de diciembre de 1896.

Se trata de una nueva versión sobre el luctuoso suceso, en lo que se notifican algunos errores históricos, por uno de los que fueron actores en la tragedia. __Consideraciones sobre este memorable combate y la actuación de algunos jefes del Ejército Libertado._Aclaración de afirmaciones erróneas y algunas narraciones tendenciosas.

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En los primeros días del mes de enero de 1950, varios jefes y oficiales del regimiento “Santiago de las Vegas” y actores en el combate de San Pedro, tuvimos que rectificar un trabajo sobre la muerte del General Maceo publicado el 7 de diciembre anterior, donde se hacían injustos cargos contra el Coronel Juan Delgado. Y, aunque el autor del trabajo dijo después que las apreciaciones no eran suya, y en segundo escrito demostramos documentalmente la inexactitud de esas apreciaciones, me acojo a las páginas de la cubanísima revista Carteles para, en este 7 diciembre de 1951, reiterar algunas de esas declaraciones y hacer otras cosas que se le escaparon a mi querido compañero, el Comandante José Cadalso, en su documentado trabajo publicado en esta misma revista el 10 de diciembre del pasado año, de manera que sean conocidas por el mayor número de cubanos que alrededor de esta fecha buscan, con el mayor interés, todo lo que se escribe del más admirado caudillo de nuestra gesta libertadora, ya que, como actor y oficial de las fuerzas que más sufrieron y más se distinguieron en esa memorable acción, puedo aclarar algunas versiones apasionadas y tendenciosas, que han traído un poco de confusión sobre la forma en que se produjeron los hechos más destacados de ese combate, y a la vez hacer algunas consideraciones sobre la actuación de algunos jefes cubanos.

Tengo mayor interés en hacerlo este 7 de diciembre próximo, porque somos hijos de la muerte y ya los años van rindiendo nuestra vida, y quisiera verlas publicadas en una revista del prestigio y la popularidad de Carteles, para prestar así un servicio a la verdad histórica.

No voy a referirme a la llegada del caudillo a San Pedro, ni en su estancia en él hasta el momento en que tuvo lugar el ataque enemigo, ya que eso lo han hecho brillantemente escritores y actores destacados de esa acción de guerra; pero sí quiero referirme a aspectos del combate y la actuación de algunos jefes de la provincia de la Habana, así como la falta de iniciativa y de resolución de los jefes de más experiencia militar, que no ayudaron a preparar debidamente la defensa, para que el lugarteniente pudiera desenvolver sus extraordinarias condiciones tácticas con las menos desventajas posibles.

Está probado que la caballería de Peral, guerrilleros aguerridos y conocedores al dedillo de aquellos lugares, venían siguiendo el rastro, ya cerca del campamento, del grupo reducido de caballería que acompañó a Maceoy que suponían de las mismas fuerzas cubanas que días antes habían batido ellos en Montes de Oca, sin llegar a imaginarse el número de las mismas ni el guerrero ilustre que las mandaba; y por eso, su acometida temeraria, sin detenerse ante la defensa valiente con que fue recibida y contenida.

Esta recepción valerosa de los cubanos que estaban casi todos desmontados, y la llegada a los pocos instantes del coronel Juan Delgado con un grupo de jinetes, que al grito de ¡al machete, al machete! se echaron sobre los atacantes, acuchillando más de 25 guerrilleros, los hicieron retroceder a la desbandada y guarecerse detrás de las tres compañías infantes que ya se parapetaban en la cerca de piedras del camino del Guatao, empezando a vomitar tal cantidad de plomo, que contuvo la vigorosa contracarga de los cubanos, estacionándose el fuego en las líneas respectivas.

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Coronel Juan Delgado. Foto agregada a esta publicación por esta redacción

Los escuadrones 1 y 3 y 2 y 4 del regimiento mandado por Juan Delgado (únicas fuerzas que estaban apostadas en la Matilde y en Montiel, las que recibieron la acometida española y sufrieron las mayores bajas del combate), fueron los que contuvieron e hicieron retroceder a la desbandada a los españoles, con la ayuda del Coronel Alberto Rodríguez, jefe del regimiento “Calixto García”, que al oírse los tiros en el Cuartel General y partir Juan Delgado en el acto para unirse a sus fuerzas de La Matilde, no pudo refrenar su indomable valentía y se agregó a éste, aunque sus fuerzas se hallaban al norte del campamento, a mucha distancia del oeste por donde atacó el enemigo. Después se agregaron a las fuerzas de Juan Delgado los coroneles Sartorio y Sánchez Figueras, y más tarde, por orden del General Maceo, Baldomero Acosta y Andrés Hernández, jefe de esa zona el primero, y jefe de día del campamento, el segundo.

Cuando el caudillo, que estaba descansando en su hamaca, desprovistos de sus arreos militares, pudo montar a caballo y salió a ordenar el combate, y llegó hasta la avanzada, donde con sus fuerzas se batía decididamente el Coronel Juan Delgado, manteniendo inmovilizada y a la defensiva al enemigo, se sintió satisfecho del comportamiento de esas fuerzas, por su contracarga arrolladora y la valentía con que sostenía la línea de fuego, por lo que torció a la derecha, por el guayabal próximo, con el grupo de jinetes que le seguían para formalizar la acción por el flanco derecho.

Ya en ese lugar, y con cabal conciencia de la posición del enemigo, desplegado y en posesión de la cerca de piedra de una extensión de 400 metros, el caudillo ordenó al General Pedro Díaz que flanqueara por la derecha cubana, esperando unos momentos para ver el resultado de su orden de flanqueo, mientras él se preparaba para hacerlo por el frente; orden que según el Teniente Cossio no fue ejecutada con la diligencia que Maceo esperaba “por causas que en el momento no pudieron ser conocidas, ni en la actualidad pudieran ser relatadas”. …En ese estado de ánimo, impaciente por no ver el resultado de su orden, el Titán avanza impetuoso para expugnar al enemigo personalmente, el que por esa parte del combate, y desde su parapeto de piedra, arrojaba una lluvia de plomo sobre los cubanos; y al ordenar el corte de una cerca de alambre oculta entre las malezas, no advertida en su rápido avance, y al desmontarse los hombres que con él venían para ejecutar su orden, quedó momentáneamente quieto y perfectamente visible para la infantería enemiga que a unos 320 metros, pudo concentrar su puntería y causarle la herida que lo derribó del caballo y le produjo la muerte inmediata.

La confusión horrible que se produjo entre los que estaban al lado del caudillo, todos la conocemos por habérnosla descrito sus actores más distinguidos y por eso, la falta de iniciativa de los jefes de mayor jerarquía que no supieron hacer, más que retirarse para los Montes de Coca, a media legua del lugar, cuando con una docena de hombres que hubieran ayudado al Coronel Nodarse y a Panchito Gómez, el cadáver del General Maceo se hubiera podido sacar de aquella vorágine de fuego.

La noticia de la muerte del caudillo tardó tiempo en conocerse en la avanzada donde luchaban los Coroneles Juan Delgado, Rodríguez, Acosta, Sartorio y Sánchez Figueras, pues los hombres que se retiraban con el General Pedro Díaz lo hacían hacia los Montes de Coca, y por tanto, lejos de donde éstos se batían desesperadamente y adonde era peligroso acercarse. El primero que en esa avanzada se retiró, al conocer la triste noticia, fue el Coronel Sánchez Figueras, que según sus propias palabras, lo hizo porque se lo aconsejó el Coronel Baldomero Acosta, pero sin ordenar la retirada como jefe de las fuerzas allí concentradas, ni trasmitir la noticia a los otros jefes. Por eso es que las fuerzas de Juan Delgado, al quedarse solas se retiraron también, pero con las debidas precauciones, al esperar la persecución enemiga, la que no se produjo por la cantidad grande de heridos que tenía y que le ocasionó la vigorosa contracarga de este valeroso jefe de las fuerzas de la Habana.

Cuando el Coronel Juan Delgado y el grupo de jinetes que había quedado a su lado se dirigían al pabellón de Maceo, suponiendo que, de ser cierta su muerte, allí encontrarían quien les informara de lo acaecido y del lugar a donde sus compañeros habían llevado el cadáver del caudillo, se encontró con los Generales Díaz y Miró que se retiraban hacia Lombillo en busca de Sánchez Figueras, que había ido a buscar refuerzos, informándoles Miró que “el cadáver de Maceo estaba en poder de los españoles, que se lo llevaban”, noticia que les sobrecogió de dolor, a la vez que de indignación, por lo que no pudo reprimir esta exclamación, más de estupor que de irreverencia: “¿Y qué hicieron  los que estaban al lado del General?”, palabras que Miró soslaya sustituyéndolas por estas otras: “¿No vio el General que se metía en la tijera?”

En situación tal de dolor, sin ningún jefe superior a quien dirigirse para la recuperación del cadáver, el grupo como de unos 20 hombres que estaba alrededor del pozo de la finca Montiel cambió impresiones sobre la manera más rápida y eficiente a seguir para rescatar el cadáver, dirigiéndose Delgado al Coronel Sartorio para que éste, como jefe de más edad de los presentes, dispusiera lo que había que hacer para interceptar al enemigo que se suponía camino de Punta Brava, contestándole Sartorio que ante la retirada de los generales que mandaban las fuerzas no había responsabilidad para los jefes presentes.

Al escuchar esas palabras juiciosas, pero desalentadoras, el Coronel Delgado dijo que era una vergüenza para las fuerzas de la Habana que el enemigo se llevara el cadáver de Maceo, sin hacer nada para rescatarlo; “que él primero deseaba la muerte, y hasta caer en poder del enemigo antes que el General Máximo Gómez supiera que él había estado en ese fuego y no había hecho nada por rescatar el cadáver del caudillo”, por lo que, irguiéndose sobre los estribos y blandiendo en su diestra el pavoroso machete, gritó a sus compañeros: “El que sea cubano y tenga valor que me siga”; y sin mirar si era seguido, partió para el sitio donde el Coronel Arencibia suponía que había caído Maceo, seguido de todos los componentes de aquel grupo reducido de hombres, entre los que también iba el Coronel Sartorio, que, si bien no quiso responsabilizarse dirigiendo el suicida y temerario rescate, lo secundó con una valentía a toda prueba.

Al acercarse al lugar indicado por Arencibia, el coronel Delgado mandó a hacer unos disparos para saber si el enemigo iba de retirada con los cadáveres, o estaba agazapado para atraparlos cuando se acercaran, los que fueron respondidos con descargas por la retaguardia española que protegía la censurable acción de los guerrilleros que despojaban los cadáveres de Maceo y Panchito Gómez, lo que hizo que Delgado fraccionara aun más su grupo, para evadir mejor el fuego y dar la sensación que eran una fuerza superior en número. Los guerrilleros, que al percatarse de la retirada cubana y protegidos por su retaguardia, se habían aventurado a acercarse al lugar donde cayera Maceo y que tanta confusión produjo en el campo cubano, al sentir el tropel de los caballos y creer que se trataba de una fuerza que rehecha venía a la carga de nuevo, abandonaron rápidamente el lugar, sin terminar de leer los documentos sustraídos, ni darse cabal cuenta de la jerarquía de los caídos, aunque sospechando de su importancia, por los gemelos de campaña del General, los que vinieron a poder leer ya en el poblado del Guatao, donde alcanzaron a su jefe, al que entregaron los documentos encontrados, que evidenciaban la personalidad del General y de su ayudante.

Si la acción temeraria y suicida no se realiza tan oportunamente, los guerrilleros hubieran podido acabar de leer tranquilamente, allí mismo, los documentos encontrados, a la luz que todavía quedaba del día, y al saber quiénes eran los muertos, hubieran puesto sus cadáveres sobre algunos de los caballos que allí habían quedado abandonados, para presentarse en Punta Brava con los inapreciables trofeos, los que a las dos horas habían sido exhibidos en la Plaza de Armas o en el propio Palacio de los Capitanes Generales, para que las fuerzas weylerianas pudieran celebrar el triunfo alcanzado.

Pero la decisión de Juan Delgado, con aquel grupito de mambises, logró amedrentar a los que remataron al hijo del Generalísimo; se recuperaron los cadáveres y se les llevaron a los Generales que se habían retirado para Lombillo, para que, como dijo el propio brigadier Miró, “se levantara el ánimo de los más deprimidos; se fortaleciera el corazón de los más desolados; y la presencia de los cadáveres (¡qué cosa más rara!) sirviera de estímulo” a los que la caída del Lugarteniente no produjo más reacción que la del desaliento y la indecisión….

Se ha dicho por los que no estuvieron en esa acción, que ella no fue de rescate, porque en el momento de recuperar propiamente los cadáveres no hubo una colisión para arrebatárselos a los que tenían bajo su dominio, porque los guerrilleros huyeron creyendo que los que se acercaban eran una fuerza superior que venía a contracargar de nuevo, y ya ellos, al comenzar la acción, habían probado en su propia carne el filo de los machetes cubanos, lo que resulta una apreciación un tanto peregrina. Es como si en una valla, no se diera por ganada una pelea, porque uno de los gallos, al enfrentarse con su contrincante, brinca el ruedo y se va por entre la gradería….

Pero si la palabra “rescate” se estima de mucha calidad para expresar esa acción (se usa hasta en la búsqueda en los accidentes de aviación), busquen los que niegan que lo hubo y dominan bien nuestro idioma, la palabra que encaje debidamente, para calificar lo que fue la intención noble y levantada y el gesto valeroso de los que la realizaron, y la conducta del que la impuso con su arenga y con su acción, ya que es indiscutible que estaban convencidos, por las desalentadoras palabras del General Miró, “que el cadáver se lo llevaban los españoles”, y a arrebatárselos, y a pelear hasta con los dientes en una desproporción aterradora, los que se lanzaron a la acometida temeraria y suicida. No fueron con velas a buscar un objeto perdido para ver a quien le tocaba en suerte encontrarlo, como han apreciado la acción “los que fueron a buscar refuerzos y no pudieron regresar con ellos, porque el señor Aguirre estaba en la zona de Castillo”, ya que la palabra hallazgo es extremadamente raquítica para expresar lo que fue esa acción de un pequeño grupo de jóvenes guerreros que, rebosantes de indignación e inflamados de patriotismo y valentía, se lanzaron a su recuperación, sin dejarse contagiar por el desaliento de los jefes superiores, que se retiraron del combate sin disponer nada para el rescate de los cadáveres.

La muerte del caudillo, sin haber podido realizar el ataque y la toma de Marianao, o de la propia capital por su barriada del Cerro o Jesús del Monte, que aquel se proponía, para producir un gran escándalo que trajera el descrédito del gobierno y del jefe de las fuerzas españolas, Valeriano Weyler, cuya repercusión tanto esperaba Tomás Estrada Palma para un cambio de la política de los Estados Unidos en nuestra lucha contra España, fue el golpe más grande que recibió la revolución cubana, por el desaliento que sembró en algunos altos jefes cubanos, y el aliento que dio y el recrudecimiento que produjo en la ofensiva española, no solo en cuanto a la acción militar, sino también al aniquilamiento de la población civil cubana, especialmente de la campesina, a la que se mató de hambre en los campamentos de concentración que eran para nuestros guajiros ciertos poblados y caseríos, adonde se les acorraló, quedándose nuestras fuerzas mambisas sin información y sin auxilios de ninguna clase. Por  eso es que, tendiendo a lo que tan ansiosamente se esperaba don Tomás para conseguir el relevo de Weyler y el cambio favorable de nuestra situación con el gobierno americano, en el ánimo de Maceo no debió pesar ninguna otra consideración más que el éxito de la acción que se confiaba a su acendrado patriotismo y a su reconocida pericia militar, sin dejarse dominar por ninguna otra cuestión de carácter personal, ni por querer hacer buenas con el ejemplo personal sus palabras escritas al General Aguirre; y al llegar en su temerario avance hasta donde Juan Delgado tenía inmovilizado al enemigo, debió ordenar una retirada escalonada en atención a no descubrir su presencia para el ataque a Marianao, que se proponía realizar en cuanto llegarán las fuerzas del jefe de la Segunda División; o bien para llevar al enemigo hacia los Mameyes de Claudio y batirlo allí, en campo escogido y apropiado, sin las ventajas de los parapetos de La Matilde.

Pero no sucedió así, porque los informes tendenciosos que por conducto del brigadier Miró le trasmitía Sánchez Figueras, que inconforme con mandar la brigada sur, aspiraba todavía al mando de la Segunda División de la Habana apoyando esta aspiración en supuestas indisciplinas de las fuerzas de esta provincia y en la falta de capacidad y de coraje del General Aguirre, labraron en su ánimo un estado tal, que lo llevaron a escribirle a dicho General “que parqueara bien su gente y viniera a pelear mucho aquí donde todo andaba mal”, y a decirle al General Nodarse, su jefe de estado mayor interino, “que iba a enseñar a dar machete a la gentecita de la Habana”; palabras y afirmaciones que, por querer hacerlas buenas con el ejemplo, no le dejaron actuar serena y juiciosamente, y lo llevaron a cometer errores, como el deshacerse de Baldomero Acosta y de Andrés Hernández, los dos hombres que mejor conocían aquellos lugares, y los que, de haber seguido a su lado, hubieran evitado que el caudillo avanzara por un lugar lleno de cercas y de obstáculos. Bien es verdad, como dice el teniente Reyna Cossío, que lo obligaron a actuar como lo hizo “ciertas consideraciones de carácter moral que le hicieron creer que era su deber ineludible combatir en San Pedro” contra otra consideración por beneficiosa que fuera para sus propósitos patrióticos y militares, para así hacer buenas con su ejemplo personal, sus palabras dirigidas al general Aguirre, y las dichas al General Nodarse!

Observen lo que rebuscan algún motivo, por baladí que sea, para achacar a los jefes de la Habana la culpa de la muerte del caudillo, como los que se decían sus mejores amigos y auxiliares de más confianza, en lugar de evitarle disgustos y contrariedades (cuando él tenía, al saber de las discrepancias entre el gobierno y el Generalísimo), lo que hacían era crearle más problemas con sus intrigas y sus aspiraciones desorbitadas.

Véase ahora, para algunas de las aclaraciones y consideraciones que haré de algunos actores en San Pedro, la copia del plano hecho por los ingenieros del Ejército Nacional para la conferencia que en 1929 dio la Academia de la Historia el primer teniente Reyna Cossío, sobre el combate en San Pedro y la muerte del General Maceo, y la referencia que hago al croquis 6A del libro del comandante Miguel Varona Guerrero, ayudante que fue del Generalísimo Máximo Gómez, como estaban distribuidas las fuerzas y colocadas las guardias y avanzadas.

Dijimos en una ocasión, y lo repetimos ahora, que no era difícil para quien como el brigadier Miró había dedicado toda su vida a la honrosa profesión del periodismo, escribir tan bellamente las narraciones de la invasión; pero que no le resultaba tan fácil, era colocar a Juan Delgado a contrapelo con su conducta, tratando de responsabilizarlo en la triste jornada de San Pedro, cuando el jefe que más se distinguió en todas las fases del combate, atribuyéndole ambiciones e indisciplinas que no tuvo nunca, porque lo escocía y no podía olvidar sus palabras de San Pedro, más adoloridas que irrespetuosas, al conocer de sus propios labios de la muerte de Maceo y el abandono de su cadáver… Basta sólo leer su Crónica dedicada a esta acción, para darse cuenta de ello,

En su folleto de Palma Larga, a los pocos días de la muerte del caudillo, y aunque Miró no lo menciona en la extrema vanguardia donde actuó, por lo menos lo menciona expugnando a los españoles con Acosta y Rodríguez. Sin embargo, al publicar sus Crónicas en 1909, en su página 237, dice: “que los que repelieron la agresión fueron los regimientos Calixto García y Tiradores de Maceo, que estaban próximos al lugar donde penetró Cirujeda”, cuando estas fuerzas, por el norte y por el sur (el ataque fue por el oeste), eran precisamente las que estaban más distantes de ese lugar, por donde las únicas fuerzas que había, que le hicieron frente al enemigo y sufrieron las mayores bajas, fueron las de Juan Delgado (Véase el plano).

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Sobre el corneta que Miró da a entender que debía estar al lado de Maceo y que dice que era francés y no sabía los toques de la milicia cubana, como una censura a Juan Delgado, se llamaba Evaristo Castro y era criollísimo, de Quivicán, y al toque de su clarín se le dio machete a la guerrilla de su pueblo, a la que sólo se le dejó uno para que contara el hecho; y a las de Rincón, Managua y Calabazar, a las que se le causaron 79 bajas; y en Maurín, en Hoyo Colorado, se le aniquiló más de una compañía al batallón de San Quintín.

Debo decir, para aclarar la intención non sancta de Miró, que a Delgado no se le pidió en ningún momento que pusiera un corneta a las órdenes de Maceo, lo que hubiera estimado como un honor y hubiera hecho con mucho gusto, aunque ésa no era su obligación como jefe que coadyuvaba a la acción. Ese auxiliar, tan indispensable para una fuerza grande acampada; el retén fuerte cerca del Cuartel General para repeler rápidamente cualquier ataque sorpresivo, y otras cosas más de rutina, propias de un campamento que tenía como huésped a tan ilustre personaje de nuestras guerras redentoras, era deber del jefe de las fuerzas armadas allí concentradas; pero al que, seguramente la preparación de los informes podían viabilizar sus aspiraciones a la Jefatura de la Segunda División del Quinto Cuerpo, parece que no le dejaron tiempo de atenderlos debidamente; así como no se lo dejaron para que, como iniciativa propia de tal jefe, al igual que lo hizo Juan Delgado por el flanco izquierdo, ejecutar u ordenar  cualquier movimiento que presionara el flanco izquierdo enemigo, lo que hubiera producido la retirada inmediata de los españoles que se guarecían en los parapetos del camino de Guatao, que hubiera hecho innecesaria la actuación personal del Lugarteniente, el que en la proximidad del flanco enemigo estaban las fuerzas principales de la Tercera Brigada que él mandaba en esa provincia, además de tener el mando de todas las fuerzas centradas ese día en San Pedro (Véase plano).

Con respecto al lugar en que debía situarse el general Aguirre, y que el brigadier Miró insinúa que Juan Delgado debía saberlo, y que “no lo sabe a ciencia cierta”, “así como las comunicaciones que le mandó Maceo (página 229 de sus Crónicas), debo repetir lo que ya hemos dicho (la historia es repetición): que ese encargo lo dio el caudillo a Baldomero Acosta, cuando en su comunicación fechada en San Felipe, Pinar del Río, el 15 noviembre anterior, le dice: “procure conocer el punto donde se sitúe Aguirre, que debe ser en la zona de Castillo”. Y por estar situado en esa zona de Castillo, en Babiney, el general Aguirre tuvo ese mismo 7 de diciembre  fuego de varias horas con la poderosa columna española comandada por el coronel Torres (¿?).

Sobre que si Juan Delgado llegó al campamento de San Pedro en la madrugada del 7, que Sánchez Figueras le hace decir a Miró, “porque no supo de él hasta esos momentos”, de sobra sabía el brigadier Sánchez, como jefe de la concentración de esas fuerzas, que Juan Delgado no se había separado un momento del campamento, que estaba allí, al lado del Coronel Alberto Rodríguez, que no se separaba de él un solo momento, para evitar incidente como el tenido con él con motivo de los planazos de corre-corre de Montes de Oca, así como que las fuerzas que llegaron esa madrugada eran, sí, de Juan Delgado, pero dos escuadrones más, uno traído por el coronel Arencibia, y el otro, el número 4, por el comandante Rodolfo Bergés, que habían tenido que llevar a la zona de Managua los heridos tenidos con motivo de ese corre-corre funesto, agregándose a este último escuadrón su segundo jefe, el capitán José Cadalso, que venía con el parque adquirido en las cercanías de Guinea y que llegaron esa madrugada.

Véase, en comprobación de todo esto, que rectifica una vez más al brigadier Miró, lo que escribe en su Autobiografía, páginas 82 y 83, donde dice el comandante Bergés, que evidencia también el lugar donde estaba situado el general Aguirre:

“A las cuatro de la tarde llegaron a la loma de la Chiva los generales Aguirre y Castillo, los que preguntaron por el general Maceo, contestándoles que nada sabía, puesto que habíamos tenido un gran combate con Cirujeda en la zona de Hoyo Colorado. En estos momentos llegó el comandante Donato Delgado con su oficio del coronel. Se lo enseñó al general Aguirre y me dijo que fuera a cumplimentar el oficio. Me despedí muy cariñosamente del general, que quedó acampado en la loma del Volcán. Llegando a la finca Cervantes a las siete de la noche, y ordené al capitán Cadalso que colocara las …..¿? en el cruce de la carretera, permaneciendo en dicho puesto hasta las 3 de la madrugada, hora en que llegó el capitán Carlos Marrero, a buscarme en nombre del coronel Delgado. Salí, pues, de marcha y llegué a la finca San Pedro a las seis en punto de la mañana”.

En lo que se refiere a la vigilancia y a las exploraciones con las que el brigadier Miró quiere responsabilizar a Juan Delgado, todos los actores que han escrito sobre el combate de San Pedro (los coroneles Piedra, Arencibia, Baizán, Miguel Hernández, Emilio Collazo, Hilario Llanes, Cleto Merchán y otros, y el teniente del Ejército Nacional Reyna Cossío, en su ponderado trabajo sobre ese combate), todos han dicho que el jefe de día que realizó las exploraciones del campamento que estimó necesarias y las que le ordenó el caudillo, fue el comandante Andrés Hernández, segundo jefe de las fuerzas de Baldomero Acosta, que operaban en esa zona. Y aún el propio brigadier Miró también lo dice en la página 36 de su folleto Palma Larga, escrito en diciembre de 1896, a los pocos días de la caída de Maceo, cuando escribe: “El general llamó entonces a mis informantes; pero al mismo tiempo, el comandante Andrés Hernández, encargado ese día del servicio de exploración, trajo la noticia de que por aquellos lugares no había novedad”… con lo que se desmiente a sí mismo, cuando en la página 230 de sus Crónicas, en 1909, pretende responsabilizar a Juan Delgado en este servicio.

El brigadier Miró, inmediatamente después de informarle a Juan Delgado que el cadáver de Maceo se lo llevaban los españoles, dice (página 248): “En esa situación tan aflictiva y confusa, Silverio Sánchez, Juan Delgado, etc., adoptaron la resolución de ir a rescatar el cadáver del general”. Cuando Juan Delgado se encuentra con el brigadier Miró en el pozo de la finca Montiel, allí no estaba Sánchez Figueras, porque según dijo el general Pedro Díaz, había ido a buscar refuerzos y al ver que no regresaba con ellos, Pedro Díaz y Miró también se fueron a buscar a Sánchez Figueras, sin que regresaran con los referidos refuerzos, razón por la que, ninguno de los tres estaba en el punto y momento de decidirse por Juan Delgado y los que le acompañaban, el rescate de los cadáveres.

Otra de las insinuaciones que hace contra Delgado, es cuando en la página 230 de sus Crónicas, dice: “Ha circulado la versión que al despacharse el destacamento explorador, se le recomendó que llenara el expediente del ojeo sin entrar en pelea formal, pues si llegaba a trabarse combate en el campo de San Pedro, no podría llevarse a cabo la función nocturna”….”Si tal versión fuera basada en la realidad estricta de los hechos, quedaría demostrado que no se obedecieron las órdenes del General; y que no se obedecieron por móviles interesados”….Aunque está más que probado que Juan Delgado no tuvo nada que ver con las exploraciones, la insinuación implica el achacar injustamente a éste, y a sus fuerzas en la Habana, que por el interés personal de entrar en Marianao y saquearlo (es lo que se da a entender) no se cumplieron las órdenes de Maceo.

Estudien el plano y la posición de las fuerzas los que conozcan esas cosas de la guerra, y también los que rebuscan motivos, por simples que sean, para encontrar las causas de la muerte del general Maceo: Que si era la purísima Concepción o Santa Margarita; si el corneta de Juan Delgado era francés y no sabía el toque mambí, o si éste no llegó al campamento hasta la madrugada del día 7, etc., para que se vea que la iniciativa personal del jefe de las fuerzas concentradas en San Pedro no estuvo afortunada….Si el brigadier Sanchez Figueras, al llegar a su pabellón y comprobar que Maceo no está equipado, ni ensillado su caballo, y por tanto impedido de actuar con la rapidez con que él podía hacerlo, se une a su brigada que está próxima al camino que da acceso al batey de la finca Bonadilla y muy cerca del flanco enemigo que desafortunadamente Pedro Díaz y Maceo trataron más tarde de atacar, y dispone por ese lugar cualquier movimiento contra los españoles que evidenciara que allí había más fuerzas cubanas que las  que el enemigo suponía, este hubiera abandonado, éste hubiera abandonado su parapeto de piedras y a la carrera se hubiera metido en el caserío de Guatao, pues ya esta retirada estuvo a punto de producirse cuando la contracarga de Juan Delgado hizo huir a la caballería española y sembró el pánico entre las tres compañías de infantes del comandante Cirujeda.

Pero no se realizó esta acción, ni se movió esa fuerza en alguna forma que hubiera advertido al enemigo de su presencia y lo que la componían no fueran utilizados en los primeros momentos, porque su jefe, el coronel Alberto Rodríguez, se había unido a Juan Delgado en su contracarga a la caballería del Peral, perdiéndose … y hombres para atacar por los lugares, lo que hubiera cambiado la suerte del combate, evitando que el caudillo, dado el estado de ánimo en que lo habían puesto los informes tendenciosos que le trasmitían sus auxiliares, las indisciplinas de las fuerzas y jefes de la Habana, pudiera hacer buenas con el ejemplo personal sus palabras al brigadier Nodarse, de “que iba a enseñar dar machete a la gente de la Habana”.

Ojalá que estas apreciaciones y aclaraciones, hechas con el propósito de aclarar un poco el confusionismo que han producido narraciones apasionadas de esa triste jornada de nuestra epopeya, tratando de responsabilizar a otros para ver de atenuar (¿?) la actuación confusa de sus autores, al lado de Maceo siempre y luego lejos de su cadáver , para que lleven al ánimo de los que escriben estas líneas un poco de claridad y comprensión sobre los actores y narradores de San Pedro, para que del examen sereno e imparcial de las mismas pueda llegarse a lo que más se acerque a la verdad histórica en la acción desgraciada de nuestra guerra por la independencia.

 

Nota adicional de la redacción de https://deportescineyotros.wordpress.com

El brigadier en cuestión en este relato es José Miró Argenter, quien logró grados de General, concluida la guerra de Independencia en Cuba. Miró continuamente ha descrito hechos de la guerra, en muchas ocasiones realizando refutaciones de lo afirmado por otros oficiales mambises. Miró no rescató el cadáver de Maceo, lo hizo la tropa de 18 hombres bajo las órdenes del Coronel Juan Delgado, en la cual activamente participó el autor de este relato, el Comandante Juan de Dios Romero Cortés, cuyo nombre-no sabemos cuál es la razón- no aparece entre los héroes en el Mausoleo El Cacahual, donde yacen los restos de Antonio Maceo y Panchito Gómez Toro.

 

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